Un lugar y un momento,
todo unido en una misma danza. Tus ojos, tu cintura… Ojos inocentes y
suplicantes que suplican que los entienda. Ese lugar y aquel momento. Una
puerta detrás de nosotros, tierra en los pies y abrazos eternos. A ojos de un
balcón de hierro frío. No importa lo que hay allí abajo. Me importa no bajar
las escaleras para volver al camino. Soltarte es dejarte ir; alejarte de mí
mientras marchas allá donde duermes. Ya no importa. Ahora es mi yo suplicante
el que canta el recuerdo del suplicio. Bajar al mismo tiempo y mirar atrás.
Verte desaparecer tras las verjas de aquella esquina y desviar mi mirada al
asfalto. Dejarte ir. Manos, último suspiro… y mañana será otro día.
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