by:Andrea Galvani
Hay
que tener cuidado con esas bases de columnas
escupiendo
niebla densa sobre la cama, el circo.
Tallando
lencería fina para pocos extractos de pesos ya lejanos.
Dejo
por dejar algo y que pese, choque a reventar. Habladurías cercanas al alba;
otra
vez las farolas,
guarniciones
extrañas coincidentes con mis lágrimas,
dispuestas
siempre en lo alto de las columnas,
la
niebla, hogar reminiscente de cenizas que ensucian la colcha.
Queda
esto; otra vez el poeta de pacotilla que no se resiste a su paloma.
Disparé
las sinestesias en la puerta de los dedos, rozando el quicio de las uñas, que
podridas se desprenden de la columna, la cama, las sábanas.
Mordisqueé
con afán de sacarme el trozo de saliva que se quedó ahí al besarte.
Con
el paso de los párrafos llegan los besos pequeñitos, la salita,
la
frentita, los labios menudos, la pierna encogida, el ombligo como retraído, pausando
porque hay que hacerlo y esos quehaceres del pequeño mundo hay que guardarlos.
Se
disiparon las columnas, por fin, la niebla era fuego;
las
farolas,
esas
que dieron paso a una luna transparente, hacia el Sol inevitable, las vidas invisibles
siempre latentes.
Tú
no estás, te fuiste, entraste, amé a otras sin problemas, arrancaste el
invierno,
jugué
con las sinestesias, como dije, y perdí,
ahora
a reírse del poeta que te escribe.

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