las infancias que importan son las muy malas
o las muy buenas.
O te ha faltado esto, por lo tanto, qué mérito tiene tu aguante
ante la vida.
O lo has tenido todo, por lo tanto, qué mérito cada uno de sus
pasos en la vida.
Al menos en la literatura es así.
Yo no puedo decir
que mi infancia
fuera triste.
No puedo aunque cuando escribo pienso que ojalá pudiera.
Luego miro la cartera, la cuenta del banco.
No aguantaría escribir y que me degradarán por las facilidades
del dinero venenoso. Pero ojalá tenerlo, ojalá vivir de esto.
Pero yo soy de esa clase de escritores que odian a esa clase de escritores y anhelan las penurias de los otros.
No he tenido una infancia dura, ni una adolescencia perdida.
Quizá mediocre, en ocasiones penosa, divertida, descubrí lo indecible del amorío muy pronto y lo conjugué muy tarde.
Por eso ahora escribo como olas.
Pero no escribiré sobre mi infancia, ¿para qué?
Fue sólo una más. No fui pobre, ni rico, entonces, ¿para qué justificar mis penurias? La penuria es penuria siempre, no hay nada bueno en ella. Ni siquiera las letras.
Que te jodan César Vallejo, maldito cobarde.
A ti, Lorca, ¡oh! qué pena que te mataran, pero que te jodan también.
Rimbaud, Bukowski, Novalis, que os jodan también.
Que le den pero de verdad a todos los escritores que crean penas y crean escritores que crean penurias.
Luego miro mi estantería...
Qué haría yo sin ellos.
Que les jodan.
Sonic Youth - Incinerate
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