miércoles, 28 de junio de 2017

La comedianta de Zanzíbar.

I.
En la urbe cada esquina es ratón.
Guarida de Sófocles, nacimiento de la tragedia.
Llora; sintetiza un vestido azul en rojo.
A ella le encanta el rojo de la sangre.
Le gusta apoyarse bajo un farol y fumar cigarros.
Cuenta escenas de Shakespeare como si fueran dígitos.
La gente reía con su método proponiendo limosnas.
Propinas que gastará en limones por aquello de su voz.
Subiendo el cuello de su gabardina, sofocla por Zanzíbar.

II.
Dos bares abren sus puertas para los fantasmas.
Esos fantasmas perdidos o encajados en un televisor altivo.
El camarero sirve vasos minuciosamente, casi artístico.
A ella le encanta robar tragos.

Mesa por mesa cuenta sinfonías de Mozart con una flauta de pan. Reúne varios tragos y acaba borracha.
Entonces baila el gran Réquiem.

III.
A la comedianta le gusta el jazz suave.
También el country adulto.
Le gusta afilar grandes cuchillas.
Convertía sus dagas en espadas invencibles.
Escribe pequeño poemas.
Reparte novelas de sus vicios.
En el teatro ella reluce su ser.
Piensa en lenguas muertas y les da vida.
La gente ríe cuando esto pasa.
Digamos que le gusta gustar.
Se hace notar con escalas cromáticas
o cuando el Sol muere.
A veces se va a las vías oxidadas a mirar el cielo.

IV.
Por una vez no quiso ver a nadie reír.
Lo hizo como nunca. Recitaba un verso:
“El cráneo se hunde en Amor”.

V.
Algo de aquel verso que leía
se fue con el último hastío.
Pensaba en ese cráneo desde el suyo.
La que hace reír quería reír para sí.

Toda Zanzíbar reía por ella.
Por sus novelitas, obritas o Poemas…
Sucumbió y sonrió al encubrir su poema.
Describía que el amor la mató por reír.
Que eso invadió todo su ser.
Se sintió farsante en las tablas. Como si el amor quedase encerrado en su cráneo.
Real.

Sonrió, esta vez y sólo esta vez,
por ella.

viernes, 9 de junio de 2017

Figurándote.

Yo en el fondo ya sabía cómo eras.
No sabía quién eras pero sí cómo.
Lo supe al momento. Como las veces pasadas.
Si estoy tumbado y pienso en cómo encandilar a ese sueño,
todo se desvanece. Lo real al menos.

Por pensar, pensé en lo bien que estarías aquí conmigo.
Pero no estás. Sé que estarás.
Sé que cada paso terrestre que fulmino, camino hacia algo concreto.
Una predicción natural, única para el ser humano. Única en tanto que nos
emociona escuchar discos compartidos. Yo con ella. O ella con aquél.
O ella. O él.

No se basa en prenombrarla hasta que aparezca.
Creía en vestidos largos.
Zapatillas, tacones, pie raso o lluvia seca.
Lluvia que dramatiza, no molestan sus moléculas.
Las disfrutas.

Yo figuraba una despedida en un andén,
y fue en una marquesina de bus urbano.
Uno de esos verdes y ascéticos. La esperanza se reduce a eso. En fin.

Creé un futuro que no aplicaré nunca, porque tú eres tú y tus motivos para mí,
son poesía pura.
Y tal como poesía, por cuál poema te encontré. Supe arder sin fuego.

Todo mientras figuro cómo soñaré.

martes, 3 de mayo de 2016

La Meta-Literatura como desnudo. Escritor contra lo escrito. Un trabajo sobre Niebla de Unamuno.

Sin duda alguna, esta obra de Miguel de Unamuno, pese a la sencillez que la trama ofrece, se esconde un trasfondo filosófico que abarca temas sobre el amor, la libertad… y según vamos descubriendo la novela, se mezclan tanto ficción como realidad con la apariencia que la novela brinda al lector. Esta apariencia se nos muestra mediante una niebla que envuelve el juicio de algunos personajes y que vemos cómo en cada cosa que nos cuentan existe un vaho detrás, el cuál ellos presuponen y ciegan sus acciones y decisiones. El libro difumina la línea entre la ficción y la realidad. También existe esta niebla en las descripciones físicas de los personajes y lugares, y pone en duda la naturaleza de la existencia humana.

Como sugiere el título Niebla, esta obra borra la línea entre la realidad y la ficción. Unamuno se mete dentro de la ficción y el protagonista descubre que es sólo un ente de ficción. Coloca al lector en una posición donde un Dios – en este caso Unamuno – está destruyendo un mundo, una apariencia, la suya. Vemos cómo hace ver a un personaje; a una creación puramente suya, que su vida no tiene sentido más allá de lo que su autor piense. Vemos durante la obra referencias del alter ego de Unamuno durante la nivola, Víctor, a que él dejará correr libres a los personajes, que no habrá nada premeditado; que escribirá aquello que les vaya ocurriendo a sus personajes. Pero Unamuno traiciona su apariencia y, una vez desmembrada, acude la realidad en ayuda a la ficción. El puente entre ficción y realidad nunca ha sido tal, lo que lo separa es un muro llamado apariencia. Unamuno lo rompe e introduce la realidad, que no es otra cosa que él mismo conversando con su ficción. Se deja evidente que la realidad del escritor era parte de su apariencia y era parte de su ficción. No era más que una proyección paralela y que en cualquier momento se pueden cruzar. Pero el lector no está acostumbrado. El lector lee desde la comodidad de su realidad. Sabe que lo que lee no es la realidad. Pero en ocasiones las apariencias engañan. En Niebla nos encontramos ante un desafío, nos encontramos ante la incursión de realidades en ficciones. Transiciones poco comunes y disparates de los que te das cuenta demasiado tarde, justo cuando has acabado la última página del libro. Nos encontramos ante una especie de metalingüística de carácter literario. Pero después de lo explicado podemos incluso hablar de metafísica. En cada monólogo existe entonces una metafísica ajustada por la apariencia del propio escrito, que evoluciona entre las páginas hasta llegar al punto inicial de todo; al propio Unamuno.

Somos testigos de la escisión directa entre autor y obra. Cuando se alcanza el capítulo XXX de la novela comienza el derrumbe. Todo conocimiento y toda creencia que pudiera llegar a tener el personaje es desechado por su creador. Nada es verdad para el personaje si es que tuviera realmente algún conocimiento más allá de las palabras que su fundador pusiera en su boca.
Pero resulta, que el propio Unamuno reconoce saber lo mismo que su personaje. La diferencia de roles no existen realmente entre el escritor y el personaje. Realmente toda la obra es un uno. Lo único que sabe y conoce el lector es que la obra tiene un personaje y un autor y que estos no deberían interactuar. Pero esto ocurre, interaccionan y convierte todo en una creencia. Unamuno creyó en dejar transcurrir a sus personajes. Creyó que cada conversación sería espontánea y que sería el personaje el que diera conocimiento a la obra. Que en definitiva, fuera la propia obra la que se hiciera, Unamuno solo escribía. Sin darse cuenta y cegado por esa creencia nivolística que crea, se da cuenta de eso no es posible, que sus personajes son él al fin y al cabo y que puede hacer lo que quiera con sus personajes. Nada es por casualidad. No se pueden adquirir conocimientos de la nada pero sí creencias. Seguimos a las creencias en ocasiones más que al conocimiento puro. Esto a veces lleva a una ruptura entre realidad y ficción. A Niebla le ocurre lo que le ocurre a Unamuno y viceversa. Esta bicondición es resumida en el creador de ésta interfiera en su ficción tanto en cuanto es su realidad. Porque el escritor sí conoce su propósito y pretende que su novela no. Pero nunca ocurre, o al menos a priori. En este punto, Unamuno reflexiona mediante su personaje sobre su propia existencia y revierte la fórmula. ¿Y si él fuera un ente ficticio que justificase la existencia de su personaje?

El sentimiento trágico y existencialista de esta obra nos ayuda a comprender a Unamuno y por ende a sus personajes. Podemos adivinar la voluntad del vasco mediante sus diálogos y monólogos y ésta no es otra que la vida y la muerte. La razón de la vida es la muerte, y la muerte es la única forma que tenemos de sentir nuestro destino, el mismo para todos. Unamuno hace aparición en la novela cuando Augusto se plantea el suicidio. Ve necesario aparecer en este momento y no en otro, ni siquiera en los momentos junto a su álter ego, Víctor. La voluntad de Unamuno es la voluntad de un Dios. Es tener la vida de alguien en tus manos; destruir tu propia creación. Pero esta muerte es necesaria según la razón de la vida misma y de la voluntad última de Unamuno o de cualquier persona. Y la muerte no se puede arreglar ni siquiera en la ficción, ni siquiera tras las apariencias. Escribe muy acertadamente al igual que si muriera Augusto y lo intentara resucitar no podría, al igual que no podría resucitar a Don Quijote. Este sentimiento trágico sobre la vida no es novel en la obra de Unamuno
- incluso le dedica una obra completa “Del sentimiento trágico de la vida” – por lo que podemos adivinar los propósitos del vasco hacia sus personajes. Al final lo que vemos es una discusión “conciencia vs conciencia”. Unamuno contra Unamuno. Calzón rojo contra calzón rojo. Una pelea donde se busca persuadir a este sentimiento malicioso y al destino mortal que a todos nos espera. También se busca una solución a esto y en la novela hay múltiples ejemplos tales como el matrimonio, el amor, la libertad…

Estos ejemplos se dan en ocasiones como una apertura de mente para el personaje, para una mente creada artificialmente. Estos resortes, como también se les podría llamar, ocurre en el propio Augusto, el cual comienza a entender la vida de otra manera después de enamorarse de Eugenia. Sus actos ya no serán libres, sino que serán presa del enamoramiento. La cuestión aquí planteada es de una metafísica muy grave. El propio Augusto se sorprende ante su propio resorte. La vida le ha llegado mediante el amor, ese amor que únicamente es un objeto de narración para su creador, pero que a la vez permite a este último divagar sobre sus propios pensamientos. No hay determinación para el personaje; el fin del personaje lo halla en el fin, en el motivo de su creador, del escritor. Por tanto la nivola es nada, simple y llanamente. La nivola es única entonces. Nadie más podría hacer una nivola excepto el propio Unamuno y una única vez. Niebla es un ensayo de la libertad; es un ensayo sobre la libertad de los acontecimientos y del azar que finalmente concluye en esa destrucción de sí misma. El escritor no puede dejar escapar su nivola porque le pertenece. Tiene que finalizarla pero eso puede ser el fin de la libertad. En el momento en que Unamuno tiene/debe que matar a su creación, se convierte en un Dios; se convierte en el ser que da y quita vida a su antojo. No hay libertad en nada de esto. La nivola es el gran ensayo; la puesta en escena de una realidad, de una apariencia o de la ficción misma. O de todo a la vez.
Se pregunta así Augusto sobre Unamuno, que si no es el propio Unamuno una creación de algún otro escritor. De un escritor o de un Dios benevolente que ha dejado dar rienda suelta a la realidad de Unamuno y que así nació Niebla. Augusto se pregunta sobre si no es el propio Unamuno la justificación del propio Augusto. Es decir, podría haber una determinación para toda la nivola, pero no la hay. No más allá del propio Unamuno, que juega a ser Dios.




Para mí esto trata de poner en un ring y sin guantes al escritor con lo escrito. Se trata de una búsqueda ficticia en la realidad más clara. Se trata de buscar a ciegas para chocarte contra ti. De cómo crear y de cómo descubrir mediante la escritura, que tu mente puede ser una deidad para otros. Esos otros son tus personajes que reflejan – como hemos visto antes – en última instancia a tu propio yo. Unamuno realiza una introspección plena al incluirse él mismo en la trama. De dotar a su personaje de herejía contra sí mismo para reflexionar. Matar es Dios es suicidarse, por lo tanto Dios matará a sus creaciones. No me cabe duda de que Unamuno era el Dios de Niebla. De todos sus personajes; de cada uno de sus pensamientos. Dejó ver que su creación fluía entre mentiras de unos y misericordias de otros. De gratitud o de deseos de ser libre. De amar y de querer ser amados. Unamuno describió su realidad y la padeció creándola. La padeció tanto que hizo que su personaje doliente, Augusto, quería suicidarse. Pero Augusto tuvo una visión y recuerda de manera remota un ensayo de un tal Unamuno que le hace ir a visitarlo. Unamuno es Dios y por lo tanto Augusto visita sin saberlo a su creador. Unamuno va a matarlo y al hacerlo, se da cuenta de su poder como Dios. Percibe la vida de su creación palpitante en la pluma y decide actuar. Unamuno traslada esto a la realidad más pura según sus vivencias y ser él el “Augusto” de algún Dios. Esto le lleva a ese existencialismo, a ese que unos años después y de la mano de Roquentin y un tal Meursault iba a hacer preguntarse al ser humano sobre su mera y vana estancia en este mundo de realidades. En este mundo de dioses y creaciones. De vida y de muerte. De escritores, y escritos…

jueves, 25 de febrero de 2016

Estigia (perteneciente a "Lo que no dijo Rimbaud").

Tras el hechizo contingente de la memoria suprema, abstraída -por qué o por quién, lo cual no me complace-, tras esto escondo esa verdad fulminante y sobrecogedora. Verdad que presupone sentimientos de toda condición; sentimientos desesperados por ese aroma nostálgico; por ese hechizo lanzado al vacío. Allí abajo nos veremos junto con ríos vertidos por ojos montañosos. Ríos subyugados por manantiales imperecederos. Proyectamos estigias al mundo que nos rodea y circunscribe. Estigias de cristal puro y fino, como para danzar sobre ellas y destruirlas. Transparencia bajo suburbia. Verborrea melancólica. Desgarradora para las lenguas y sus dientes. Saliva que cae como maquillada convirtiéndola es míseros esputos. Condenados a tragar esos esputos.
Condenados a nadar por ese río...

domingo, 21 de febrero de 2016

La sociedad del cansancio. Conclusión.

Panorama lingüístico en la sociedad del cansancio. 
Proyección hacia el sujeto de vidrio y conclusión.  

¿Por qué llamamos al hombre de vidrio, hombre de vidrio? Se le llama así – aunque Isidoro Reguera no lo puntualiza – debido a la fragilidad de este material. También se considera el grado opacidad y el color con el que el sujeto ha creado su vidrio. Esto dependerá de las decisiones tomadas mediante su diferencia subjetiva, el fragmento con el que se sienta “identificado” y del tipo de auto-violencia que aplique en dichas decisiones. Debido al exceso de positividad, se cree que los fragmentos que han florecido son genuinos y únicos en la sociedad. Es esta exclusividad aceptada lo que hace que se adopten discursos en función de la identidad con la diferencia subjetiva que tenga el individuo, pero esto no es así:

“Gran parte de los discursos actuales no son diferentes de cualquier sistema lingüístico que se haya utilizado. Distinto color del vidrio”.

Reguera añada el fenómeno lingüístico que también impregna a la sociedad del cansancio. El color del vidrio no cambia según el discurso escogido por el sujeto, sino por cómo ese discurso se desarrolla y cambia en la sociedad. El individuo crea su vidrio equívocamente o mejor dicho, ingenuamente. Creerá en su diferencia subjetiva; en la identidad de su fragmento, pero seguirá perteneciendo a la negatividad. Aunque el sujeto cambie de fragmento o de discurso y logre romper el vidrio, debido a la no-contemplación volverá a rehacer el vidrio pero con distinto color. La pigmentación puede ser contingente pero no implicará positivismo ninguno. Seguirá en el proceso hacia lo positivo y por lo tanto, en la miseria y la negatividad. El Conocimiento es en este caso primordial para le creación o destrucción del vidrio. Adoptar lo idéntico de algún fragmento o no aceptarlo dependerá como hemos dicho, de la diferencia subjetiva, pero esta se verá afectada según el Conocimiento que el sujeto tenga. Y el Conocimiento va ligado en su grado ulterior a contemplación. Entonces el sujeto de vidrio únicamente tiene como vía de escape la contemplación y el aburrimiento. Se puede decir que para escapar necesita tener un vidrio claro y transparente por el cual mirar, contemplar. Romper el vidrio definitivamente dependerá del Conocimiento sobre lo que le rodea para así ser un sujeto contemplativo y aceptar la sociedad en la que vive e intentar cambiarla. Esto es un trabajo costoso y nada común entre los sujetos no contemplativos que, digámoslo así, tiñen sus vidrios de colores oscuros y translúcidos continuamente. El discurso debe entonces cambiar pero no de cualquier manera. No debe saltar de un fragmento a otro; no deber romper el vidrio y rehacerlo de distinto color. Debe contemplar, aburrirse y romperlo para no hacerlo más. Necesita conocer el lenguaje del mundo, contemplarlo y conocerlo. El aburrimiento y la contemplación conllevan un conocimiento del lenguaje con el cual el sujeto cansado por la frustración puede no llegar a un estado de plenitud y positivismo – ya que son metas de la sociedad del cansancio - , sino a una forma de vida no mísera y negativa. Dejar atrás el presente continuo y prolongado, para así contemplar el presente y vislumbrar el futuro.

Contemplar es necesario que sea inculcado. La sociedad del rendimiento educa para rendir. Desde el ámbito académico, que ya dije que es para mí el más importante, hay que eliminar la educación puramente enfocada a producir, a crear grandes productores y grandes consumidores. No beneficia en absoluto que la gente no contemple. Debe enfocarse todo el ámbito académico no a las letras, como se podría presuponer que iba a escribir, sino a enseñar y educar a contemplar inclusive en el ámbito científico/tecnológico. Enseñar ciencia y tecnología y no enseñar a que si logran aprobar dichas áreas  serás productivo y así ayudarás a la sociedad y tendrás una mejor vida. Para acabar, diré que es necesario – sobre todo por parte aquellos que contemplen – limpiar el vidrio de los no contempladores y hacerles ver que el rendimiento no lo es todo. Sacarles de su negatividad y que la contemplación no quede renegada de la sociedad ni del sujeto.

viernes, 19 de febrero de 2016

La sociedad del cansancio. Parte 4.

Fenómeno social: el sujeto de vidrio. Consecuencias de la 
no-contemplación.  

En un plano puramente social, se ha producido un nuevo fenómeno que subyuga a todos los sujetos no contemplativos. Este fenómeno que engloba a la nocontemplación, se le dará el nombre de “Sujetos de vidrio y de la transparencia”. El término lo he tomado de un artículo publicado en el diario  “El País” escrito por el catedrático en Filosofía por la Universidad de Extremadura, Isidoro Reguera. El artículo titulado “Cansados de ser vidrio” está basado en el libro el cual se está citando y basando este pequeño ensayo y lo tomaremos como punto de partida para referirme a este punto.

“Nuevo fenómeno producido tras todo esto; el hombre de vidrio, el sujeto de la transparencia. El sujeto que sin una ideología o causa dogmática no va a nada, solo mantiene el sistema”.  

Se hace referencia a la pertenencia a algún fragmento tras la eliminación de la otredad, y que el sujeto de vidrio al que vamos a desarrollar necesita permanecer. Aunque hasta este punto no hemos mencionado al sujeto de vidrio, el sujeto no contemplativo es, al mismo tiempo, sujeto cansado, del rendimiento y de vidrio y como consecuencia de esto último, de la transparencia.  La consecuencia directa – la transparencia en el ámbito social – forma parte del auge tecnológico de las redes sociales y pertenece a la sobre-estimulación informativa en todas las áreas sociales. Antes mencionábamos la economía de la atención y actualmente está en auge. Existen una falsa intimidad que suscita desnudo y pornografía del sujeto. No solo vale rendir y producir, sino que hay que mostrarlo. También existe un sentimiento de libertad en cuanto al contenido que se muestra que lejos de ayudar al sujeto, lo conduce hacia la transparencia y la depresión. Han apuntaba que el sujeto que no contempla sobrevive y no vive de manera plena. En este plano, el sujeto de vidrio tampoco vive de manera plena. Cierto es que no solo las redes sociales participan en el hombre de vidrio, es más bien el ejemplo más plausible y donde mejor podemos analizar sus actos. Las convenciones sociales también forman parte de esto pero a mi ver, las redes sociales son la materialización de la transparencia. Hay un deseo permanente de demostrar un estado de plenitud de cualquier forma y en cualquier formato. El mercado de fragmentos que se abre al sujeto despoja al sujeto mismo de cualquier interacción íntima para así darse a mostrar al mayor número de fragmentos posible. La extensa variedad crea dudas y confusión, y este hecho – unido a la auto-exigencia del Animal Laborans – fomenta la desnudez social del sujeto de vidrio. Es Han el que hace hincapié en este punto:

“La desnarrativización general del mundo refuerza la sensación de fugacidad: hace la vida desnuda”.

Con estas causas, el sujeto comienza a percibir que necesita encajar en lo que le rodea.

Dejarse caer” en algún fragmento, desnudarse para sobrevivir y llegar a un estado de 
plenitud auto-exigido. El sujeto entra pues, en una “hiperactividad ausente”.

Una hiperactividad vacía y desprovista de provecho íntimo y personal. Lo íntimo y lo personal es de dominio público y social. El sujeto no está siendo obligado por nadie ni por nada, se autolesiona socialmente. Pero nunca lo percibirá como una lesión sino como una cura. El sujeto vive para trabajar y no trabaja para vivir, tanto laboralmente como socialmente. Consideremos la actividad social – que es lo que concierne de manera pura al sujeto de vidrio – como otro medio para alcanzar la plenitud y la positividad. Se necesita estar activo laboral y socialmente, y será la yuxtaposición de ambas lo que conducirá a lo positivo.

Al no contemplar, tampoco se vislumbra el futuro y se “vive perpetuamente” anclado al presente o al futuro más próximo. Si no hay tiempo para contemplar, no solo no se contemplará lo que le rodea, sino que tampoco será capaz de ver el futuro ni imaginarlo. La hiperactividad ausente crea una dictadura de la transparencia. Sin futuro se obliga a mostrar el presente. La intimidad se arroja a la sociedad en una botella y, en ese mar de intimidades, llegarán múltiples botellas hacia el sujeto y serán tantas que no le importarán. Al igual que recibe miles de botellas con intimidades ajenas, otro sujeto recibirá la tuya y al igual que el primer sujeto, tampoco le importará. En definitiva, la intimidad para el sujeto de vidrio se vende al mejor postor.

Su intimidad es de todos menos suya. Todo esto, como apunta Reguera en su artículo, pertenece a la depresión y yo añadiría a la desesperación.

“El futuro pertenece a la depresión en una sociedad que aterroriza la sociedad, exigiendo transparencia total, más bien totalitaria. Transparencia que significa control, violencia, terror, destape y desnudo, pornografía y obviedad más que erotismo y misterio (…) Sociedad que no acontece nada. Tiempo sin narración, sin historia, que arrasa al ser, lo vacía y desencanta”. 

sábado, 13 de febrero de 2016

La sociedad del cansancio. Parte 3.

 Vida contemplativa, aburrimiento y estímulos. Sujetos 
contemplativos y no contemplativos.  

En la sociedad del rendimiento, como su propio nombre indica, es necesario rendir y producir; estar continuamente en movimiento, en activo. El exceso de positividad resultante – que ya hemos visto que se traduce en negatividad – da pie a que la sociedad, y en consecuencia el sujeto, reciba y produzca un exceso de información y de estímulos que crea aún más actividad para el glosario informativo característico de los sujetos no contemplativos. Para estos sujetos no existe la posibilidad de contemplar la vida en sí. Sus actos están marcados por la rutina y la proyección de conseguir un estado de plenitud. Por lo tanto no hay tiempo para aburrirse.

“El exceso de positividad se manifiesta, asimismo, como un exceso de estímulos, informaciones e impulsos. Modifica radicalmente la estructura y economía de la atención. Debido a esto, la percepción queda fragmentada y dispersa”. 

Han añade en este fragmento la “economía de la atención”. Esta economía de la atención fomenta de manera cuantitativa los estímulos y procede desde todas las áreas sociales. Desde los medios de comunicación, las redes sociales, a nivel gubernamental y a nivel particular. La sociedad del rendimiento y el cansancio aboga pues por una actividad continua que oprime la contemplación de lo que le rodea y se traduce en un auge de las redes sociales, las ingenierías, la anhelación de un trabajo bien remunerado, la sobreinformación…
Así pues, desde el ámbito académico también se fomenta a no contemplar sino a actuar, a producir. No hay lugar para el aburrimiento. Se necesita llegar a ese estado pleno en el que la vida del sujeto sea trabajo, dinero y consumo para así conseguir estabilidad y no caer en el fracaso. Esta auto-exigencia, Han la describe como un modo de supervivencia y no de vivencia plena:

“La preocupación por la buena vida, que implica también una convivencia exitosa, cede progresivamente a una preocupación por la supervivencia”.

Para escapar de esta sociedad es necesario contemplar y aburrirse. El aburrimiento total niega actividad práctica y deja tiempo al pensamiento y a la contemplación. La sociedad del rendimiento anula en gran parte el pensamiento crítico o lo deja en un sub-plano. El pensar y el contemplar no está en la rutina de un sujeto no contemplativo ya que “no tiene tiempo para ello”. Han apunta que para llegar a ser un sujeto contemplativo es necesario aburrirse:

“Si el sueño constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento corresponde al punto álgido de la relajación espiritual. La pura agitación no genera nada nuevo. Reproduce y acelera lo ya existente”.  

Es difícil definir al sujeto contemplativo ya que está inmerso y sigue formando parte de la sociedad cansada. Se dijo antes que el sujeto que contempla también está cansado aunque de distinta manera. Este cansancio no proviene de la frustración, sino de la impotencia. Este sujeto no encaja en aquello que le rodea. Sin duda, cabe apuntar que pertenece a aquello ámbitos o fragmentos donde el materialismo y la realización personal mediante los logros más directos y materiales no es lo que premia, es decir, pertenece a esferas ligadas a la intelectualidad. Su cansancio es consecuencia de la contemplación y de la inactividad al contemplar una sociedad cansada. Es consciente de las rutinas que rigen a los no contemplativos y las rechaza aunque en ocasiones tenga que compartirlas para poder subsistir. Se ve impotente ante los estímulos y la sobreinformación que recibe ya que es consciente de donde provienen y qué significan. En esencia, el sujeto contemplativo puede llegar a aburrirse y tiene como consecuencia la percepción de la sociedad en su conjunto y es este hecho el que le hace estar cansado, ya que su estado pleno ideal, proviene de la contemplación y no de la acción. No se espera – por parte de los sujetos no contemplativos, es decir, de la mayoría social – que estos sujetos contemplativos – los que no contemplan no reconocen en el sujeto que contempla dicha contemplación. Los toman como fracasados o inútiles ya que no rinden ni producen de la misma manera – que aquello que realicen en su ámbito, contenga algún rendimiento aprovechable para ellos ni para ellos mismo. Ni para los sujetos que contemplan ni para los que no contemplan.

Pondré como ejemplo el ámbito académico. No cabe duda que en este aspecto, los que contemplan son los más marginados ya que su rendimiento y cansancio difiere de los que no contemplan. Si traducimos los términos contemplar y no-contemplar quedaría como resultado – en este ámbito académico – pensar y actuar. La eterna lucha entre las letras y las ciencias nunca en la historia había estado tan desequilibrada en pos de la ciencia. Cabe apuntar que nos referimos a ciencias prácticas o ingenierías, ya que las ciencias teóricas también quedan marginadas debido a la contemplación que conllevan. Se menosprecia el poder contemplativo por su carácter aburrido o inservible. A mi ver, es en este campo donde más énfasis se debe aplicar debido a que es un ámbito educacional. Hoy en día el valor que suscitan las carreras contemplativas, quedan renegadas a su propio ámbito y quedan excluidas de los estímulos y de la información social. Si tenemos en cuenta que cuando nos referimos con estos términos al ámbito académico nos referimos a la educación del sujeto – que es algo primordial – es normal que vivamos en la sociedad que vivimos.

En definitiva, nos educan para proyectarnos a no-contemplar y a no aburrirse. Aquellos que puedan aburrirse y contemplar no tendrán cabida para los no contemplativos; serán tomados como fracasados. La comunidad que contempla es pues inservible para una sociedad activa.

“Sin relajación se pierde el “don de la escucha” y la “comunidad que escucha” desaparece. A esta se le opone diametralmente nuestra comunidad activa”.

Añadiré a esta cita de Byung Chul-Han otra que el propio coreano utiliza en su ensayo
del alemán Friedrich Nietzsche para cerrar este punto.

“Por falta de sosiego, nuestra civilización desemboca en una nueva barbarie. En ninguna época, se han cotizado más los activos, es decir, los desasosegados. Cuéntese, por tanto, entre las correcciones necesarias que deben hacérsele al carácter de la humanidad el fortalecimiento en amplia medida del elemento contemplativo”.